
Parece que todos los economistas se están apuntando al carro de la regulación de mercados cuando hace apenas unos meses todos eramos partidarios del libre mercado y de la libre circulación de capitales. Por suerte la crisis ha abierto los ojos a todos aquellos cegados por el libre mercado, o a casi todos (vease campaña económica de John McCain) y se está dando el papel necesario al Estado para el correcto funcionamiento de la economía mundial.
Y no estoy hablando de una regulación feudal, para nada, si no de una regulación dentro de un libre mercado que permita un ajuste de la oferta y la demanda idónea para la distribución equitativa de recursos. Parece ser que los partidarios de la regulación tienen que volver a salvar al mundo del riesgo de las economías totalmente neoclásicas, como así indicaba el premio nobel de economía Paul Freedman en su artículo sobre los neoclásicos. Primero fue Keynes el que nos habló del peso del Estado y el control del gasto público para disminuir las fluctuaciones económicas y ahora otro grupo de economistas, entre los que se encuentran el mencionado Paul Freedman o Stigliz entre otros, los que afirman que es necesario volver al control de ese caballo desbocado que se ha convertido la economía con la liberalización del sector financiero o el sector servicios entre otros.
Siguiendo el modelo keynesiano hablan de un aumento del gasto público en este periodo de crisis. Este aumento del gasto público llevará consigo un aumento del dinero en las familias y como consecuencia un aumento de la demanda. Por ejemplo, los gobiernos deberían llevar a cabo medidas del tipo: Ayudar a las familias en el pago de las hipotecas, con lo que permitiría a las familias mantener las viviendas y a los bancos disponer de liquidez, dar dinero a los ayuntamientos para fomentar la creación de empleo y el pago a los acreedores, construcción de infraestructuras… Esta última medida no sería eficaz para una crisis corta pues el aumento del gasto público en la creación de infraestructura apenas se nota en periodos cortos, pero a largo plazo si puede ser eficaz puesto que se crea empleo, con lo que se aumenta la demanda de las familias.
Es hora por tanto de alejarse de ideas neoclásicas o monetaristas y acercarse al lado keynesiano del siglo XXI. Aún así será difícil arreglar el destrozo dejado por aquellos partidarios, más que del neoclasicismo, de su propio interés, beneficiándose a costa de los demás.
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